jueves, 29 de junio de 2017

Abdicación (Fernando Pessoa)


Tómame, oh, noche eterna, en tus brazos 
Y llámame hijo tuyo.
               Yo soy un rey 

Que voluntariamente abandoné 
Mi trono de ensueños y cansancios. 

Mi espada, pesada en brazos laxos, 

En manos viriles y calmas entregué;
Y mi cetro y corona –los dejé
En la antecámara, hechos pedazos.

Mi cota de malla, tan inútil,
Mis espuelas, de un tintinear tan fútil,
Las dejé en la fría escalinata.

Me desnudé la realeza, cuerpo y alma,
Y regresé a la noche antigua y calma
Como el paisaje al morir el día.

martes, 28 de marzo de 2017

Detrás del monasterio (Ernesto Cardenal)




Detrás del monasterio, junto al camino,
existe un cementerio de cosas gastadas,
en donde yacen el hierro sarroso, pedazos
de loza, tubos quebrados, alambres retorcidos,
cajetillas de cigarrillos vacías, aserrín
y zinc, plástico envejecido, llantas rotas,
esperando como nosotros la resurrección

jueves, 26 de enero de 2017




A ver,  
el problema no es el baile ese de los extraños de las máscaras
ni los estaqueados entre las chispas,
que igual dale que dale con la música,
¿pero baldear toda la sangre seca de la vereda?

Encima esas polillas, prefiero el instante de verdad
en que se te quedan mirando fijo
las lagartijas que entran por la ventana.
Yo estaba justo como ellas pensando,
pensaba que recortar y juntar los carteles
que salen en el fondo de las polaroids
seguro te devuelve el tiempo
y que ninguna serpiente mejor a esas
que trajeron los camalotes el año pasado;
todo esto pensaba yo y de pronto chau:
había un baile de estaqueados y eso que no era carnaval,
las brasas hacían “pssss psssss” con la sangre que chorreaba
y no estábamos en carnaval.

Oblicuos desde la calle
los focos de autos dibujaban ánimas sobre el techo,
o por ahí sí eran los muertos
¿No viste que arriba en los arboles
las hojas tiemblan para invocarlos?
Al fin me dormí,
pensando que ningún sol mejor
que ese que incendiaba la arena
mientras jugábamos a las corridas
en la cubierta de un barco oxidado.
Pero patente, las luces bailaron en la noche
y los estaqueados miraban la luna extraviados entre el fuego.

martes, 6 de septiembre de 2016

La leyenda de El Dorado (Javier del Granado)


 


Bajo el ardiente luminar del trópico,
como el hidalgo Caballero Andante,
jinete en ilusorio rocinante,
sueña don Ñuflo con un país utópico.

En la pupila azul de un lago hipnótico,
ve una ciudad de mármol relumbrante,
almenas de ónix, fuentes de brillante,
y aves canoras de plumaje exótico.

Ve al augusto Paitití en su palacio,
y a caimanes con ojos de esmeralda,
custodiando sus puertas de topacio.

Turba su mente el colosal tesoro,
y en los oleajes de la fronda gualda,
el sol incendia la Leyenda de Oro.