Detrás del monasterio (Ernesto Cardenal)
Detrás del monasterio, junto al camino,
existe un cementerio de cosas gastadas,
en donde yacen el hierro sarroso, pedazos
de loza, tubos quebrados, alambres retorcidos,
cajetillas de cigarrillos vacías, aserrín
y zinc, plástico envejecido, llantas rotas,
esperando como nosotros la resurrección
martes, 28 de marzo de 2017
jueves, 26 de enero de 2017
A ver,
el
problema no es el baile ese de los extraños de las máscaras
ni los
estaqueados entre las chispas,
que
igual dale que dale con la música,
¿pero baldear
toda la sangre seca de la vereda?
Encima
esas polillas, prefiero el instante de verdad
en que
se te quedan mirando fijo
las
lagartijas que entran por la ventana.
Yo
estaba justo como ellas pensando,
pensaba
que recortar y juntar los carteles
que salen
en el fondo de las polaroids
seguro
te devuelve el tiempo
y que ninguna
serpiente mejor a esas
que trajeron
los camalotes el año pasado;
todo esto
pensaba yo y de pronto chau:
había un
baile de estaqueados y eso que no era carnaval,
las brasas
hacían “pssss psssss” con la sangre que chorreaba
y no estábamos
en carnaval.
Oblicuos
desde la calle
los
focos de autos dibujaban ánimas sobre el techo,
o por ahí
sí eran los muertos
¿No
viste que arriba en los arboles
las
hojas tiemblan para invocarlos?
Al fin
me dormí,
pensando
que ningún sol mejor
que ese
que incendiaba la arena
mientras
jugábamos a las corridas
en la
cubierta de un barco oxidado.
Pero patente,
las luces bailaron en la noche
y los
estaqueados miraban la luna extraviados entre el fuego.
martes, 6 de septiembre de 2016
La leyenda de El Dorado (Javier del Granado)
Bajo el ardiente luminar del trópico,
como el hidalgo Caballero Andante,
jinete en ilusorio rocinante,
sueña don Ñuflo con un país utópico.
En la pupila azul de un lago hipnótico,
ve una ciudad de mármol relumbrante,
almenas de ónix, fuentes de brillante,
y aves canoras de plumaje exótico.
Ve al augusto Paitití en su palacio,
y a caimanes con ojos de esmeralda,
custodiando sus puertas de topacio.
Turba su mente el colosal tesoro,
y en los oleajes de la fronda gualda,
el sol incendia la Leyenda de Oro.
jinete en ilusorio rocinante,
sueña don Ñuflo con un país utópico.
En la pupila azul de un lago hipnótico,
ve una ciudad de mármol relumbrante,
almenas de ónix, fuentes de brillante,
y aves canoras de plumaje exótico.
Ve al augusto Paitití en su palacio,
y a caimanes con ojos de esmeralda,
custodiando sus puertas de topacio.
Turba su mente el colosal tesoro,
y en los oleajes de la fronda gualda,
el sol incendia la Leyenda de Oro.
martes, 9 de agosto de 2016
Junto al
latido húmedo que supura el río
viene un
magullar que punza y corta
y con
otra navaja entregada en sueños
abro el
pliegue intonso de los días,
de filas
largas y finitas de luces
que titilan
confundiendo a algún viajero remoto.
La flecha
del tiempo;
hecha con piedra de una ciudad derruida,
de
charcos de sangre oscuros
en terreno ganado al río,
su
punta tallada por refucilos
que no
vi
pero me
contaron.
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