lunes, 20 de abril de 2015





Dicen que la lluvia fue inmensa,
que las niñas vuelan sobre el agua,
que en los toboganes pluviales de los balcones
los jóvenes se lanzan en bomba
ante la visión dorada de la ciudad hecha de agua.

Que un nuevo código hablan los autos sepultados
y escritas en nafta y líquido para frenos
se suceden otras precipitaciones imaginarias,
allá donde los peregrinos dibujan constelaciones
de aceite y madera balsa,
allá donde encallaron las sirenas
la noche antes de la lluvia inmensa.

Dicen que la lluvia fue inmensa,
que en las terrazas los viejos miran el atardecer hecho plata
de los carteles de inmobiliarias flotando bajo el sol,
miran las nuevas formas marinas romper la superficie del agua,
aletas de oro manoteando luces rojas al crepúsculo.

Dicen que la lluvia fue como ninguna otra lluvia fue
y que también fue inmensa,
que esta vez no hubo prorrateo de milímetros
porque toda la lluvia fue sobre la misma ciudad
y que los cirujanos extraen corazones,
los enjuagaban en el agua de la catedral sumergida
para limpiarlos y volverlos a poner, 
que las madres los secan en las sogas
y espantan a los pajaritos que los creen mburucuyá.

Un estuario la avenida principal,
donde las nubes rebotan
aquí en la tierra como en el cielo
y, dicen, hay un rumor de palabras abisales
y la felicidad en biciscafo.

lunes, 29 de diciembre de 2014



Llegaron al barro del río,
sellaron sus voces en la humedad del aire,
una mañana dejaron correr sus caballos
y se marcharon siguiendo la costa.

Llegamos al cauce seco,
buscamos los rastros, sus vasijas,
pincelamos los pasos en el barro hecho piedra.
El chasquido del fuego murmuró sus nombres,
y de pronto supimos:
fueron felices viviendo para un dios menor
y los caballos que liberaron 
son los mismos 
que vemos correr en sueños.

domingo, 28 de diciembre de 2014



Al apagar la luz, con la debida atención,
los ojos abiertos y las ideas dormidas,
cuando los muebles comienzan a aparecer en la oscuridad,
mezcladas con esas fluorescencias que se ven de noche
(en esas manchas verdes que se ven de noche),
las columnas, las demarcaciones como cuchillos,
los postes, los camiones y el agua reaparecen.

La autopista entera se impone,
como si nunca se hubiese ido
y casi tácito e indescifrable
nuestros huesos conservaran el secreto de sus cimientos. 

lunes, 22 de diciembre de 2014

No estaría mal arrancar los camalotes que agolpan el pecho,
las cañas de sobrehueso entre las uñas,
pero la flora del jardín me gusta
porque son otro tipo de plantas,
y por eso las dejo crecer
y crecen infalibles.

Con bastones por tallos, son una colección de joyas en lo alto,
una red entre los postes soportando el peso del cielo.

Atrás, entre los paraísos,
por la noche se pasean
los tripulantes de un avión chocado,
se sientan junto al fuego,
recitan tramos de caja negra.

Otras veces los veo de tarde
sobre los bloques de concreto vestido de hiedra,
apretando las bolitas de paraíso
como relleno para embalajes de una caja vacía,
y el brillo del atardecer lo atrapan con sus ojos,
como si las trepadoras entre los postes
los ayudaran a demorarse aún en tierra.

Ellos hablan con los muertos,
quieren contarme de los fantasmas del futuro,
y dejan pequeños rollos de cinta en los marcos de las ventanas,
silvestres rosas magnéticas que el viento desoja
y cuelga del alambrado.
Pero yo no las escucho
y solo dejo crecer las plantas,
los cardos entre el matorral,
los árboles más chicos que crecen entre otros árboles,
porque al igual que a ellos me encantan esas flores
que como el arbusto de las buenas noches
se demoran durante el día
pero a eso de las siete
siempre sonríen al cielo nocturno.