viernes, 8 de enero de 2016




¿A dónde iban esos caballos matungos que esa mañana
de jueves aparecieron muriendo tristes en las esquinas?
Su pelaje parecía la nieve sucia de ese día en que nevó
y como charcos de nieve se quedaron bajo el sol.

Estaban tristes;
de todos los lugares eligieron este,
este blanco de enero que nunca pasa por nada,
o solo estaban cansados y prefirieron quedarse así:
con un solo ojo apuntado al cielo,
como se quedan los caballos tirados.

Estaban solos,
como solos estuvimos la horas finales del verano;
ojeando diarios viejos, con el zumbido de la radio,
mirando paredes y parados en las esquinas
con lengua amarga y paso encallado,
la mente en blanco, en el blanco de los caballos de nieve,
equilibristas aburridos sobre el borde espiralado de los días.

Ahí anduvimos,
en terrazas y balcones,
entre una ciudad que se desvanecía ante nuestro sueño;
esperando la ascensión de jinetes,
buscando en los cables la cifra de su vuelo alado,
la forma nocturna que asumen las nubes,
bajo un cielo resplandeciente que traería para siempre...

Recuerdo como si fuese hoy:
ese cielo se fue incendiando
y en un arrebato dorado
supo al fin endurecer el tiempo.


*Foto: Frederick W. Glasier

domingo, 3 de enero de 2016




Antes de volver a tierra recuerdo todo el mar,
un manto negro apuñalado por un fuego
que cayó del cielo como un tigre fusilado.

Los colores del río jugaban espejo en nuestros sueños,
mediodías calcinados tributaban llamas a la vigilia
y hogueras ardiendo en la noche solas.

En el instante antes de que el río se haga mar
el viento habla una lengua anciana;
rodeados de agua pesada
intuimos el trueno de la ablación glaciar
como serpiente romper entre la espuma,
rezamos en silencio por una cinta de oro para escapar de la deriva.

Y lo que fue mapa era río,
y el río sangro hasta que se hizo mar.
Cuando los pájaros se derrumbaron como piedras en el horizonte,
ahí dejamos de soñar las bestias
que crecen en el borde de los mapas;
humedecidos de aguamarina los pulmones, el pecho se nos hinchó,
aguavivas apedreadas por niños de un balneario fantasma. 

Lo último que me acuerdo es todo el mar,
un manto negro apuñalado por un fuego,
un tigre fusilado colgado de la bóveda del cielo,
para, al fin, regresar mudos a nuestro hogar.
Nadie nos avisó nunca de la leve glaciación de la sangre,
de que las sirenas olvidaron el nombre
de los gigantes extintos.

sábado, 28 de noviembre de 2015





Bajo el resplandor del sol
nos regalaron una última mirada de plata.
Habían llegado con el mar,
desde lo más profundo del aliento salado de la noche,
sus nombres  prestidigitados por esas luces sobre el mar.
Bailaron bajo la luz de la Cruz del Sur,
el frío mezclado con el eco de las voces de los niños,
y desde entonces su brillo habitó nuestros sueños.

A veces me acuesto triste
pero  despierto en medio de la noche,
casi libre, los pies sobre la arena fría,
atento a esas luces sobre el mar.

viernes, 27 de noviembre de 2015




Esa mancha que ves ahí
es donde pasaba la ruta vieja,
es más fácil ahí que encuentres un trébol.
Una caravana enorme pasó una vez
huyendo del río,
y fundaron otras ciudades inundadas
en dirección opuesta al cableado de los postes de allá.

Esa gente de ahí son como hologramas
que si cerrás los ojos los seguís viendo,
o más bien son impresiones del sol en los ojos,
la superficie solar bailando
sobre la superficie de la retina.

Está ideal para hacerse una siesta,
me voy quedando dormido,
y esta brisa que hiperoxigena mi pecho abierto a puñaladas
es el cielo que se precipita sobre nosotros.

                             ****

El sol nos regalaba novas incandescentes
que yo juntaba y ponía bajo la almohada
junto a otros sellos fríos de otros mediodías.

Si encontraba un bicho raro entre el pasto
lo ponía bajo la baldosa floja,
cerca de la ventana de la cocina,
como esos escarabajos con dos puntitos
o una mantis religiosa.
El abuelo juraba que su circulación bajo las losas
electrificaba los cimientos, hacia descarga en la heladera.

Supe también de cuando los ángeles
camuflados de pájaros
vistieron la noche de centellas
y mataron al ganado por accidente,
pero eso ya lo olvidé.

Si pudiese decir mi nombre
como el sonido redondeado
de la grava al costado de la ruta,
podría acceder al secreto del sol,
disponer del misterio de la luz mala.